En el amplio lienzo de la naturaleza, las flores han emergido a lo largo de los siglos como musas invaluables para una variedad de artistas prominentes en la historia. Estas maravillas efímeras de colores y formas han cautivado la imaginación de pintores, escritores y músicos, inspirándolos a crear obras maestras imperecederas.

En la intersección entre la fragilidad y la exuberancia, las flores han ejercido su encanto como musas, despertando emociones profundas y desencadenando una creatividad inigualable en mentes creativas a lo largo del tiempo.

Desde los lienzos impresionistas hasta las letras de canciones atemporales, exploraremos cómo las flores han tejido su presencia en el corazón mismo de la expresión artística, dotando a los artistas más famosos con un sinfín de inspiración y un motivo constante de asombro.

¿Qué es una musa en el mundo del arte?

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En el mundo del arte, una musa es una fuente de inspiración que estimula y guía la creatividad de un artista. Tradicionalmente, una musa suele ser una persona, un objeto o un concepto que despierta emociones, pensamientos y visiones en el artista, lo que resulta en la creación de obras de arte significativas y expresivas.

Las musas pueden provenir de diversas fuentes, como la naturaleza, la literatura, la mitología, la historia personal o la experiencia humana en general. El concepto de la musa ha sido una parte integral de la tradición artística a lo largo de la historia. En la mitología griega, por ejemplo, las nueve Musas eran deidades que presidían sobre las distintas formas de arte y ciencias.

Cada una de ellas inspiraba y protegía a los artistas en su respectivo campo. A lo largo del tiempo, el término «musa» ha evolucionado para describir no solo figuras divinas, sino también cualquier fuente de inspiración que motive la creatividad artística.

En el contexto de este artículo sobre las flores como musas de artistas famosos, utilizamos el término en un sentido más amplio para resaltar cómo las flores, como elementos naturales y estéticos, han inspirado y estimulado la creatividad de artistas a lo largo de la historia.

Descubre qué artistas tomaron las flores como musas para crear sus obras

A continuación, vamos a ver 10 artistas que se inspiraron en las flores y crearon maravillosas obras de arte utilizando la naturaleza como musas para inspirarse y crear arte.

1. Andy Warhol: hibiscos

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Andy Warhol, el visionario artista pop, encontró en los lugares menos esperados a algunas de sus musas más intrigantes. Si bien es ampliamente reconocido por su fascinación por las celebridades y los productos de consumo, pocos saben que los hibiscos, con su efímera belleza tropical, también se contaron entre las musas naturales que inspiraron su creatividad inigualable.

Warhol, célebre por su habilidad para transformar objetos cotidianos en arte icónico, encontró en los hibiscos una fuente inagotable de inspiración. Estas flores de formas audaces y colores vibrantes se convirtieron en símbolos visuales recurrentes en su obra, manifestando la estética pop en su máxima expresión.

Los hibiscos, con su capacidad para evocar instantáneamente un sentido de exotismo y relajación, se convirtieron en musas naturales que impulsaron su creatividad en una dirección fresca y original.

Las series de hibiscos de Warhol no solo son ejemplos asombrosos de su estilo distintivo, sino que también ejemplifican su obsesión por la repetición y la variación. A través de diferentes colores y composiciones, Warhol exploró la versatilidad de las flores como musas, transformándolas en símbolos de un mundo saturado de imágenes y símbolos visuales.

En estas obras, los hibiscos se convirtieron en una ventana hacia la apreciación de la belleza efímera, al igual que su propia naturaleza como musas transitorias para su proceso creativo.

La relación entre Warhol y los hibiscos es un recordatorio de que las musas pueden ser encontradas en los rincones más inesperados de la vida cotidiana. Mientras exploraba la belleza única y la fugacidad de estas flores tropicales, Warhol nos recordó la importancia de mirar más allá de lo obvio en busca de inspiración.

Como las musas naturales que fueron para él, los hibiscos nos instan a mirar con nuevos ojos y encontrar la extraordinaria belleza en lo mundano, en un ciclo constante de creación y reinvención, impulsado por las musas que nos rodean.

2. Henri Matisse: campanillas de invierno

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Henri Matisse, un titán del arte del siglo XX, encontró sus musas en los lugares más inesperados de la naturaleza. Entre sus musas naturales más intrigantes se encontraban las delicadas campanillas de invierno, pequeñas flores que encerraban en sí mismas un mundo de inspiración para este renombrado artista.

Matisse, conocido por su estilo audaz y vanguardista, encontraba en las campanillas de invierno una fuente inagotable de creatividad. Estas flores modestas, con sus pétalos colgantes y tonos de azul suave, ejercían un poderoso atractivo en su imaginación. Las campanillas, a menudo pasadas por alto por su sencillez, se convirtieron en las musas que encendían su paleta y su alma.

En sus obras maestras, Matisse plasmaba la influencia de estas campanillas de invierno de maneras sorprendentes. En «La habitación roja» (1908), las flores emergen como un destello de vida entre los elementos interiores, inyectando vitalidad y armonía en la escena.

El contraste entre la simplicidad de las campanillas y la audacia de su estilo pictórico crea una danza única entre la fragilidad natural y la expresión artística.

Matisse no solo las pintaba, sino que también las incorporaba en su vida cotidiana y en su proceso creativo. Las campanillas de invierno adornaban su estudio, aportando una serenidad que se reflejaba en sus obras. La influencia de estas musas naturales se extendía más allá del lienzo, influían sus decisiones artísticas y su enfoque en la belleza simple y auténtica.

En el corazón de la relación entre Matisse y las campanillas de invierno yace una lección profunda sobre cómo las musas pueden encontrarse en los rincones más humildes y aparentemente ordinarios de la naturaleza. Las flores, con su gracia y modestia, demostraron ser catalizadores poderosos de la creatividad de Matisse.

En su legado artístico, las campanillas de invierno perduran como recordatorios vivos de que la inspiración puede florecer en cualquier lugar, convirtiendo lo común en algo verdaderamente extraordinario.

3. Clementine Hunter: zinnias

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En el vasto panorama de artistas que han encontrado musas en las maravillas naturales, destaca la cautivadora historia de Clementine Hunter. Esta humilde mujer de ascendencia afroamericana, nacida en una plantación en Louisiana a finales del siglo XIX, dejó una huella imborrable en el mundo del arte a través de su singular conexión con las zinnias, las musas naturales que dieron vida a sus obras de manera excepcional.

Clementine Hunter, una trabajadora incansable en la plantación Melrose, descubrió en las zinnias un universo de inspiración. Estas flores, con su vibrante variedad de colores y sus formas aparentemente simples pero profundamente evocadoras, se convirtieron en las musas constantes que alimentaron su creatividad.

Hunter encontró en las zinnias un refugio de belleza en medio de la dureza de su entorno, y cada pincelada que trazó fue un tributo a estas flores que se alzaban en todo su esplendor. Las zinnias, con su carácter efímero y su tenacidad para florecer en circunstancias desafiantes, resonaron con la vida misma de Clementine Hunter.

En sus obras, las zinnias se convirtieron en símbolos de perseverancia y belleza resiliente, capturando la esencia de su propia experiencia y la de las comunidades a las que pertenecía. Cada lienzo que pintó era un testimonio de su conexión con estas musas naturales, una exploración de los matices de la vida rural y la expresión de la vitalidad que irradiaban las zinnias en los campos de Melrose.

Las obras de Clementine Hunter, a menudo llenas de escenas de la vida cotidiana en la plantación, dan vida a través de sus colores audaces y su estilo distintivo. Las zinnias, en su esplendor enérgico, salpican los paisajes que creó, infundiendo cada imagen con un sentido de celebración y reverencia por la naturaleza que la rodeaba.

Las zinnias eran sus musas silenciosas pero poderosas, inspirándola a plasmar la vida tal como la vivía y la veía, sin adornos ni pretensiones. El legado artístico de Clementine Hunter, con las zinnias como sus musas eternas, trasciende el tiempo y sigue siendo un testimonio conmovedor de cómo la conexión con la naturaleza puede dar forma a la expresión creativa.

A través de su obra, nos recuerda que las musas pueden encontrarse en los lugares más inesperados, incluso en la simplicidad radiante de una flor que florece con determinación en un rincón del mundo. Clementine Hunter y sus zinnias compartieron un vínculo que trascendió la lente artística y nos recordaron la poderosa influencia que las musas naturales pueden tener en la creación artística.

4. Vincent Van Gogh: girasoles

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Vincent van Gogh, un icono indiscutible en la historia del arte, encontró en los girasoles una de sus musas naturales más poderosas y cautivadoras. Este pintor postimpresionista, conocido por su estilo único y su enfoque emocional en sus obras, experimentó una conexión profunda con las flores, especialmente con los resplandecientes girasoles.

A lo largo de su vida, Van Gogh pintó varias series de girasoles, cada una reflejando su evolución artística y su lucha personal. Los girasoles se convirtieron en una fuente inagotable de inspiración para Van Gogh, representando para él la vitalidad y el esplendor de la naturaleza.

En sus obras, los girasoles se transformaron en una metáfora de la vida misma, capturando la esencia de la luz y el color que tanto lo obsesionaban. Los colores vibrantes y los trazos enérgicos que caracterizan sus pinturas de girasoles reflejan la intensidad emocional que Van Gogh ponía en cada pincelada.

Una de sus series más famosas, «Los Girasoles», consta de cinco lienzos que retratan arreglos de girasoles en diferentes etapas de floración. Estas pinturas, creadas en el verano de 1888 en Arlés, Francia, revelan la profunda relación entre el artista y sus musas naturales.

Van Gogh buscaba capturar la esencia de los girasoles en su máximo esplendor, con una paleta de colores que transmite calidez y energía, al tiempo que explora las variaciones de tonalidades que la naturaleza presenta en las flores.

Sin embargo, estas obras también reflejan la lucha interna del artista. A medida que los girasoles marchitaban, Van Gogh pintaba con una mezcla de desesperación y aprecio por la fugacidad de la vida. En esta dualidad entre la belleza efímera y la decadencia, los girasoles se convirtieron en un recordatorio constante de las contradicciones de la existencia humana.

Los girasoles de Van Gogh trascendieron las meras representaciones botánicas para convertirse en una expresión emocional y espiritual. A través de sus pinceladas audaces y colores intensos, el artista logró transformar estas flores en auténticas musas de su creatividad, plasmando su profundo anhelo de encontrar significado y belleza en el mundo que lo rodeaba.

Con cada pincelada, Van Gogh nos recordó que incluso en la fugacidad de la vida, las musas naturales como los girasoles pueden iluminar nuestras obras con una luminosidad que perdura a través del tiempo.

5. Georgia O’Keefe: cannas rojas

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Georgia O’Keeffe, una de las artistas más influyentes del siglo XX, encontró en las cannas rojas una fuente inagotable de musas naturales que le inspiraron a crear algunas de sus obras más emblemáticas. Su devoción por la naturaleza y su habilidad para plasmar la esencia de las formas orgánicas en el lienzo la llevaron a desarrollar una conexión profunda con estas flores majestuosas.

A lo largo de su carrera, las cannas rojas se convirtieron en las protagonistas de su obra, cautivando su imaginación y llevando su creatividad a nuevos horizontes. Nacida en 1887, Georgia O’Keeffe se destacó como una figura vanguardista en un mundo artístico predominantemente masculino.

Sus pinturas de flores y paisajes naturales desafiaron las convenciones de la época y la establecieron como una voz única en el ámbito artístico. Fue en la década de 1920 cuando O’Keeffe descubrió las cannas rojas, esas flores imponentes y enigmáticas que se convirtieron en sus musas por excelencia.

La fascinación de O’Keeffe por las cannas rojas se manifestó en una serie de obras maestras que capturaban la esencia misma de estas flores. Sus pinturas, en su mayoría de gran formato, exploraban la anatomía intrincada de las cannas, desde sus pétalos ardientes hasta sus hojas esculpidas por la naturaleza.

La artista inyectaba vida en sus lienzos, pintando con una paleta de colores intensos y contrastantes que resaltaban la vitalidad y la sensualidad de sus musas naturales.

Entre las obras más célebres de O’Keeffe destaca «Red Canna» (1924), una pintura icónica que personifica su enfoque único. En esta pieza, la artista desafía la escala tradicional, llenando la composición con un primer plano exuberante de una canna roja. A través de su uso magistral de la forma y el color, O’Keeffe logra transformar una flor común en un símbolo poderoso de la naturaleza en su máxima expresión.

Las cannas rojas continuaron siendo una fuente de inspiración para O’Keeffe a lo largo de su carrera, demostrando cómo las musas naturales pueden evolucionar y florecer en el imaginario de un artista. A medida que la artista exploraba nuevas técnicas y estilos, las cannas seguían siendo su constante, una presencia arraigada que alimentaba su creatividad en cada pincelada.

En última instancia, Georgia O’Keeffe y sus cannas rojas nos recuerdan el poder transformador de las musas naturales en el mundo del arte. Estas flores se convirtieron en más que sujetos de sus pinturas; se convirtieron en la manifestación de su pasión, su curiosidad y su conexión profunda con el mundo natural.

A través de las cannas rojas, O’Keeffe nos enseñó que las musas pueden tomar muchas formas, y que la naturaleza, en toda su belleza y complejidad, puede ser una fuente inagotable de inspiración para aquellos dispuestos a mirar con atención y capturar su esencia en el lienzo.

6. Claude Monet: nenúfares

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Claude Monet, uno de los exponentes más destacados del impresionismo, encontró en los nenúfares no solo una fuente inagotable de inspiración, sino también una serie de musas naturales que transformaron su enfoque artístico.

Estas humildes flores acuáticas, flotando serenamente en las superficies de estanques y lagos, se convirtieron en el centro mismo de su obra, permitiéndole explorar la interacción única entre la luz, el color y la naturaleza. Los nenúfares se convirtieron en musas recurrentes en la carrera de Monet, atrapando su atención por su forma elegante y su capacidad para reflejar la luz de manera sublime.

En sus obras maestras, como «Estanque de nenúfares» y «Nenúfares al atardecer», Monet capturó la esencia efímera de estas flores acuáticas, utilizando pinceladas sueltas y tonos vibrantes para dar vida a su belleza única. Los nenúfares, con sus variaciones cromáticas y su reflejo en el agua, se convirtieron en musas cambiantes que desafiaban al artista a explorar nuevas formas de representación visual.

El jardín de Giverny, donde Monet pasó gran parte de su vida, se convirtió en un laboratorio artístico donde sus musas, los nenúfares, florecieron y evolucionaron. El estanque en su jardín se transformó en un escenario en constante cambio para sus exploraciones artísticas. Monet dedicó años a estudiar los nenúfares en diferentes condiciones de luz y estación, permitiendo que estas flores se convirtieran en sus musas de la naturaleza, llenando sus lienzos con una serenidad y una atmósfera única.

La relación de Monet con sus musas acuáticas trascendió más allá de la mera observación artística. Sus obras de la serie de nenúfares, que abarcan desde representaciones detalladas hasta interpretaciones más abstractas, revelan su profunda conexión emocional con la naturaleza.

Los nenúfares se convirtieron en las musas que desencadenaron una explosión creativa en el artista, llevándolo a experimentar con la forma, el color y la luz de maneras revolucionarias.

En última instancia, Monet y sus musas, los nenúfares, dejaron una marca indeleble en la historia del arte. A través de su obsesión por capturar la esencia de estas flores acuáticas en constante cambio, Monet revolucionó la forma en que el arte representaba la naturaleza y la luz.

Sus obras maestras inmortalizaron a los nenúfares como musas eternas, recordándonos la capacidad del arte para transformar la simplicidad de la naturaleza en una experiencia estética y emocionalmente profunda.

7. Diego Rivera y los alcatraces

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Diego Rivera, el renombrado muralista mexicano del siglo XX, encontró en los alcatraces a sus musas naturales más entrañables. Con una habilidad única para plasmar la esencia de la cultura mexicana y las cuestiones sociales en sus obras, Rivera fue constantemente inspirado por la belleza y la simbología de esta flor acuática.

Los alcatraces, con sus tallos erguidos y sus delicadas flores blancas, se convirtieron en un motivo recurrente en su arte, capturando la atención tanto del artista como del espectador. Uno de los ejemplos más notables de cómo los alcatraces influyeron en las obras de Rivera es su mural «Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central», que es una celebración visual de la historia y la cultura mexicana.

En este mural, Diego Rivera incorporó a su esposa y musa, Frida Kahlo, junto a un niño Rivera y una calavera Catrina en un vibrante escenario que incluía un estanque lleno de alcatraces. Los alcatraces aquí no solo agregan belleza al mural, sino que también simbolizan la conexión entre la vida y la muerte en la cultura mexicana.

Otra obra famosa donde los alcatraces se convierten en musas prominentes es «Día de flores» (Día de los Alcatraces). Este cuadro magnífico nos presenta un ramo de alcatraces en primer plano, llenando el lienzo con su pureza y gracia. La atención meticulosa a los detalles y la forma en que Rivera captura la luminosidad de las flores reflejan su profunda conexión con las musas naturales que lo rodeaban.

En el corazón de las creaciones de Diego Rivera yacen los alcatraces como musas que desempeñaron un papel integral en su expresión artística. Su obra trasciende el mero retrato de flores, convirtiéndose en una metáfora visual de la identidad y la historia de México.

La pasión con la que Rivera pintaba estos alcatraces evidencia la profunda resonancia que estas flores tenían en su creatividad, ilustrando cómo incluso en la obra de los artistas más renombrados, las musas naturales como los alcatraces pueden florecer y dar vida a la imaginación.

8. Édouard Manet: lilas y rosas

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Édouard Manet, el icónico pintor francés del siglo XIX, encontró sus musas en la naturaleza misma, y en particular, en la delicadeza de las lilas y rosas. Su habilidad para transformar la belleza efímera de estas flores en obras de arte atemporales demuestra su destreza como artista y su profundo vínculo con la inspiración que las musas naturales podían brindarle.

A lo largo de su carrera, Manet recurrió a las lilas y rosas como fuentes constantes de inspiración. Estas flores, con sus sutiles matices de color y su gracia etérea, le proporcionaron un lienzo en el que podía explorar tanto la naturaleza de la luz como los tonos cambiantes de la vida.

La influencia de estas musas se puede apreciar claramente en varias de sus pinturas más famosas, como «Ramo de lilas» y «Ramo de rosas», donde Manet capturó la fragancia visual de estas flores con trazos magistrales.

En «Ramo de lilas», Manet utiliza su paleta distintiva para retratar una profusión de lilas, cada una única en su forma y color, como si fueran notas en una melodía visual. Las lilas, con su aroma suave y colores suaves, se convierten en la musa que permite a Manet explorar la relación entre la naturaleza y la percepción artística.

De manera similar, «Ramo de rosas» presenta una exquisita variedad de rosas, cada pincelada reflejando la complejidad de la naturaleza y su poder para inspirar la creatividad del artista.

Manet no solo capturó la apariencia de estas flores, sino que también infundió sus obras con una sensación de frescura y vida. Sus lienzos eran como jardines en pleno esplendor, con las lilas y rosas como musas que guiaban su pincel y le permitían dar vida a la esencia misma de la naturaleza.

En última instancia, las lilas y rosas no eran simplemente flores en los cuadros de Manet; eran musas que lo transportaban a un mundo de belleza y serenidad. A través de su genio artístico, Édouard Manet nos enseñó cómo las musas naturales pueden ser transformadas en obras maestras que trascienden el tiempo y siguen inspirando a generaciones posteriores de artistas a encontrar su propia inspiración en la naturaleza que los rodea.

9. Piet Mondrian: crisantemos

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Piet Mondrian, un pionero en el mundo del arte abstracto, encontró en la naturaleza una de sus musas más inesperadas y persistentes: los crisantemos. Aunque su obra es frecuentemente asociada con líneas rectas y colores primarios, la influencia de las formas orgánicas y vibrantes de estas flores en su trabajo es innegable.

A lo largo de su carrera, Mondrian descubrió en los crisantemos una fuente inagotable de inspiración, y su presencia en sus obras añade un matiz único a su estilo distintivo.

Nacido en los Países Bajos en 1872, Mondrian comenzó su trayectoria artística como pintor impresionista y postimpresionista, pero fue a medida que exploraba el camino hacia la abstracción que los crisantemos entraron en escena como sus musas naturales. Aunque su trabajo evolucionó hacia la simplificación geométrica y la búsqueda de una armonía universal, su amor por la naturaleza nunca se desvaneció.

En su obra «Crisantemos» de 1907, Mondrian capturó la esencia de estas flores a través de trazos vibrantes y un juego audaz de colores. Esta pieza es un recordatorio de que, incluso en medio de la abstracción geométrica, las formas orgánicas de la naturaleza seguían siendo sus musas, influyendo en sus decisiones artísticas y su búsqueda constante de equilibrio.

Sin embargo, fue en su período de De Stijl, una corriente artística que abogaba por la simplicidad y la armonía a través de formas y colores puros, cuando Mondrian llevó su relación con los crisantemos a un nivel superior. Aunque sus obras de esta época no representaban figuras reconocibles, la esencia de las flores y su energía vital seguían presentes como una inspiración subyacente.

Los bloques de colores y las líneas rectas eran su lenguaje, pero las musas naturales seguían latentes, generando una conexión única entre la abstracción y la realidad orgánica. En «Composición con Rojo, Azul y Amarillo», una de sus obras más emblemáticas, la influencia de los crisantemos se puede sentir incluso en su ausencia.

Los colores primarios y las formas geométricas se alinean y contrastan, pero la atención a la armonía y la vitalidad que Mondrian admiraba en la naturaleza es innegablemente palpable.

A lo largo de su carrera, Piet Mondrian demostró que las musas no tienen por qué ser estáticas o convencionales. Los crisantemos, con su belleza efímera y formas orgánicas, inspiraron al artista a crear obras que trascienden lo obvio y nos invitan a contemplar el mundo de manera distinta.

Su historia nos recuerda que la creatividad puede encontrar combustible en las fuentes más insospechadas y que las musas naturales, como los crisantemos en el caso de Mondrian, pueden perdurar a través de la transformación artística, guiando el camino hacia la expresión más pura y auténtica.

10. Ambrosius Bosschaert: tulipanes y rosas

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Ambrosius Bosschaert, un maestro del arte floral del siglo XVII, encontró sus musas en la belleza efímera de los tulipanes y rosas. Este artista holandés, considerado uno de los pioneros en representar exquisitamente la naturaleza a través de su obra, tuvo en estas flores su fuente constante de inspiración.

Las musas de Bosschaert, los tulipanes y rosas, eran mucho más que simples elementos visuales en sus composiciones. Eran el corazón mismo de su expresión artística, enriqueciendo sus lienzos con una riqueza cromática y una delicadeza sin igual.

En una época en la que el arte floral comenzaba a florecer en la pintura holandesa, Bosschaert destacó al capturar la esencia fugaz de estas flores, eternizando su belleza en cada trazo de pincel. Las obras de Bosschaert presentaban arreglos meticulosamente dispuestos de tulipanes y rosas en jarrones exquisitos, a menudo acompañados por otras flores y elementos decorativos.

Sus musas naturales eran retratadas con un nivel de detalle impresionante, donde cada pétalo, hoja y tallo eran cuidadosamente representados. La precisión botánica de sus pinturas reflejaba su profundo respeto por la naturaleza y su deseo de transmitir la magnificencia de sus musas a través del arte.

En su obra «Ramo de Flores en un Jarrón de Vidrio», Bosschaert demuestra su habilidad para capturar la frescura y vitalidad de los tulipanes y las rosas. Las flores parecen cobrar vida en el lienzo, como si estuvieran en un diálogo silencioso con el espectador.

Cada pincelada se convierte en una oda a la belleza de sus musas, donde la combinación de colores y texturas crea una sensación de tridimensionalidad sorprendente. La influencia de Bosschaert se extendió a través de su enseñanza a su hijo y yerno, quienes también se convirtieron en pintores florales destacados.

Su legado resuena en la tradición de la naturaleza muerta y el arte floral, donde sus musas naturales, los tulipanes y rosas, siguen inspirando a artistas y amantes del arte en la actualidad.

En última instancia, Ambrosius Bosschaert logró lo que todo artista aspira: transformar sus musas naturales en obras que trascienden el tiempo y el espacio, permitiendo que su amor por los tulipanes y rosas se comparta y aprecie a lo largo de las generaciones.

Cada pincelada, cada detalle, nos recuerda que las musas pueden encontrarse en la simplicidad de la naturaleza, en las flores que florecen y desvanecen, pero que a través del arte, se vuelven eternas.

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